La Rumba que vino con la democracia

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Hay una historia gitana del pop español contemporáneo por escribir. Puede que debamos empezarla por aquel Romance de Juan Osuna de Manolo Carocol. Es una idea, un punto de partida para recorrer la segunda mitad del siglo veinte, tan ajetreado e imaginativo en la deriva del flamenco y la rumba como lo fue en la otra Historia.

Es algo que sucederá antes o después, pero que sería mejor más temprano que tarde. Hay muchas razones por las cuales escribir tal obra nos pueden colocar, otra vez, a la vanguardia de nuestro pasado.

¿Las más obvias?

De todas las manifestaciones que la música pop trajo la democracia, la rumba, o flamenkillo para los más salaos, es la única que recorre una clase social concreta, varias razas (payos y gitanos) y una sensibilidad genuinamente intergeneracional. Es un pop que invita al desclasamiento, pero que trata temas chungos y los pone en primer plano (la heroína, el maltrato, la prostitución) y que fue ampliamente tratado en el CCCB y su exposición quinqui.

Además, empezando por paisajes suburbiales post-industriales derruidos, que solamente ahora empiezan a tener la relevancia literaria que merecen, hasta llegar a contaminar lamoda o todo el país (con esa épica de gasolinera que todos y todas recuerdan).

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En los prodigiosos setenta confluyen desde el flamenco un montón de grupos más grandes que la vida. Os hablo de Los Chichos, Los Amaya, Las Grecas – la manifestación más radical del fenómeno al llevar tonos de rock sesentero al asunto, Triana, Pimpinela y, claro está, los más tradicionales y no menos inspirados Lole y Manuel.Puede que todo empezara para los oyentes cuando el Te estoy amando locamente de las citadas Grecas fusionaba una guitarra post-Hendrix con un tema esencialmente flamenco. Ahí se abre un universo de posibilidades que no dejan de expandirse.

Eran muy distintos a Peret y otra rumba catalana más jovial y alegre, y todas ellas están marcadas por una indudable joie de vivre que en el angst de esas canciones no cabe. Son pasiones desmedidas, son vidas imposibles, son destinos inalcanzables la mayor parte de las veces.

Porque Peret  – que florece en la negrura del franquismo burocratizado y aperturista – apela a la picaresca mientras que las mejores letras de Los Chichos apelan a algo más profundo, más difícil de alcanzar: el dolor de un mundo presidido por discursos oficiales optimistas, pero marcado por devenires más importantes y más oscuros que los del llamado espíritu de la Transición.

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Aunque haya una vasta filmografía quinqui al respecto, con valiosas aportaciones de José Antonio de la Loma y Eloy de la Iglesia, la película que mejor sublima y captura el espíritu de esa era es la magnífica Deprisa Deprisa de Carlos Saura. Con un tema central tremendo, el Me quedo contigo de Los Chunguitos, encontramos la rumba más triste, agónica y jodida de todos los tiempos: aquella que asume que la lealtad amorosa es un sacrificio. El sentimiento de clase – tan importante en estos grupos – pasa a ser melodía y composición, esencia misma de la canción.

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A lo largo de los ochenta, con la madurez de Los Chichos y la llegada de Los Chunguitos llegan también Rumba 3 o Antonio Flores mientras que el flamenco asistía a la canonización en vivo del gigantesco Camarón.

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No resulta casual que la canción más alegre que cantan Los Chichos fuera Yo, EL Vaquilla, para el film del mismo nombre, en la que celebran las andanzas del Vaquilla como un Robin Hood, príncipe de los ladrones que comparte sus fortunas.

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No es el único himno que se compone en la época dedicado a la oleada tremenda de delincuencia juvenil que surgió en los barrios más modestos del país. Diecisete años de Tonino fue uno de los hits más intensos que se recuerdan, con una historia de hermanos de ribetes enormes. “Ahora ya vive encerrado / sufriendo su pena / sufriendo su pena” nos cuenta el narrador.

En los noventa encontramos, tal vez, el legado más original de esta rumba.

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Tenemos a Camela, indudables continuadores de este estilo, llevándolo a un paroxismo adolescente y floreciendo como los legítimos portavoces de una nueva generación de chavales, crecidos en esos barrios llenos de heroína, divorcio e ingresos bajos. ¿Qué lenguaje común encontró el trío con su peculiar techno-rumba? El del sentimentalismo despechado, las decisiones inexplicables y así construyeron una mezcla irresistible entre eurodance, pop new wave y temas ya propios de la rumba, obviando también el hedonismo y siguiendo en su vertiente más trágica.

¿Y qué otro grupo viene directamente influido por el legado de estos supergrupos de la rumba? Los únicos que han trascendido, curiosamente, la estética inicial y su condición de posible anacronismo o de cosa específica. Estoy hablando, claro, está de Estopa y de su primer disco, titulado igual que este dúo.

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En ese primer disco, rescatan absolutamente todos y cada uno de los rasgos formales de las canciones de Los Chichos y Los Chunguitos, y los convierten en materia directamente mitológica. No hay nada de casual en que titulen esos temas El del medio de los Chichos o Como Camarón, pero además, no olvidan el desgarro social y en canciones como Suma y sigue - estremecedor y seductor relato de un ludópata – o Tan solo – crónica de un vagabundo convertida en balada rock-  se atreven a postularse como herederos sin necesidad de recurrir solamente a la pleitesía honesta y rendida.

La rumba, tantas veces denostada, otras menos reivindicada – ahora mismo Ojos de Brujo y un montón de grupos parten de diversas tradiciones – tiene en esas manifestaciones de la transi y la juvenil democracia unos ejemplos claros de pop bailable, pegadizo, testimonial y claramente transgresor, encontrando un legado y una herencia que poner en su contexto y que explicar, al fin, a unas generaciones que llegan al pop, por desgracia, siempre imbuidas por esa otra clase media – la de la música y la del buen gusto reinante – que ha renunciado a una música que no prometía finales felices y lo único que hacía, como tantas otras veces el blues, era dar voz a la desgracia, a la soledad, al quebranto, a la deuda, a la sordidez, a la noche que sigue a muchos días vanos de tantas vidas destruidas.

Bola extra: Toretes y Vaquillas, superlista de Spotify hecha por Ivan Mazón a.k.a El Gótico para amenizar este post.

 

Son tus perjumenes mujer

Progreso en el campo literario en pleno siglo XXI: simposios sobre literatura femenina. Mesas redondas. Grandes celebraciones de “las voces de ellas”. Blogs en los que se nos dice que “literatura y mujeres” han sido reunidas.

¿Literatura universal? Todavía indudable y masculina. Tomemos un caso, el del idioma español. La literatura escrita por mujeres es femenina. Tiene una etiqueta. Viene señalada. Habla de temas femeninos. No es un “clásico universal”. No recibe tantas atenciones. Se estudia desde el feminismo, pero no se asume la instancia crítica de ser leída.

Así se discute, con gran razón, que los canones sean masculinos y expresen valores como tales. Es un buen comienzo, y bien está. Pero la guerra enseguida deviene estéril, porque habrá otro gran crítico que sea el “mejor crítico”.

La pregunta en este caso es ¿por qué Nada de Carmen Laforet no goza del mismo status que otras obras del idioma español? ¿Cuánto cuesta formar parte de ese club selecto de grandes escritores del momento? ¿Y sobre todo qué batallas hay que librar? ¿Dónde está el estudio de su prosa y por qué todavía tenemos que librar la batalla de Laforet desde el momento mismo en el que su publicación y su figura siguen siendo, en cierta medida, insólitas?  ¿Qué hace falta para decir la palabra imprescindible con la misma consistencia que otros novelistas y escritores la reciben, siempre entre tantos otros muchos halagos?

Y en la época contemporánea, en el escenario de discusión más intelectual de la literatura que se publica en Latinoamérica las cosas no ofrecen una perspectiva más esperanzadora. No todos los críticos, afortunadamente sí los más tolerantes y curiosos, citan a Cristina Rivera Garza o Valeria Luiselli siempre que se habla de la literatura experimental más vigente. Pero al menos tres o cuatro escritores habituales aparecerán en esa lista antes que una de ellas o antes que ambas.

Así que el problema no es citar una mujer como quien se cita con el sacerdote o va a una ONG buscando demostrar su generosidad, el problema está en que, día tras día, tenemos que pensar en citar a mujeres y no en citar a grandes autoras y autores, y no en términos de igualdad. La igualdad, en una cultura avanzada y civilizada, no debería tener que meditarse, sino que sería un acuerdo tácito, en el que no mediaran etiquetas con las que señalar las expresiones femeninas mientras la propiedad de las otras palabras y los otros significados sigue en manos de los hombres.

Machismo (musicado)

Ha empezado la conversación de un modo saludable con un artículo, de autoría colectiva, llamado, algo desafortunadamente, Machismo Gafapasta. Adjunto al artículo hay una muy recomendable Guía básica de empatía con mujeres.  De hecho hay aquí un making of de dicho artículo en el que vemos la hostilidad que ha despertado, sin entrar a valorar o a estar en la conversación.
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Ahora pasemos a las acusaciones concretas.: sobre Francisco Nixon, uno de mis cantantes favoritos, no me parece que abunde en odas a las chicas guapas. De hecho, Adoro a las pijas de mi ciudad es una canción, en la estela de cualquier letra de Jarvis Cocker, de un hombre fascinado por una pija, presumiblemente guapa pero de otra clase social.

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Del mismo estilo es Inditex, aunque no es admiración ingenua por una chica guapa. ¿Qué es una trabajadora de Inditex que dobla ropa sino una chica de clase humilde que es “nueva en la ciudad” y a la que al final se la despide con una promesa incumplida (cualquier día de estos / te invito a ir / a bailar)?

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Pero sorprende el énfasis en esas canciones, obviando Me casaré cuando me enamore o Brackets. La primera atribuye al hombre el rol tradicionalmente asignado a la mujer sumisa: un hombre que perdona infidelidades y acepta que el flujo de dinero puede no cotizar a la alza y aún así escoge amar. ¿Hay alguna canción pop reciente más izquierdista?
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Brackets, por otra parte, se disfraza de pop inocente y tierno, con una estructura musical cuidadosamente basada en grupos como los Beach Boys, para rebatir la grosera y adolescente costumbre de humillar a las chicas con aparato dental.

Parecida acusación se hace a La Bien Querida. Sin embargo, tiene una cantidad tremenda de canciones dedicadas a machitos que destacan por su idiotez. “Sólo me creo lo que veo / y no te veo por aquí” canta irónica en Queridos tamarindos. Y una canción como Hoy en la que dice “que la muerte es / mirar y no verte” es antes que nada una canción de amor (basada en el perdón) que aspira a los anhelos de chicos y chicas.

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Cuando asume la posición de una mujer, una narradora, La Bien Querida tiene canciones como De Momento Abril, como Bendita y como Queridos Tamarindos. Es injusto, creo, caracterizar su trabajo como machista.

Pero el artículo hace cosas bien y diré cuales: reabrir la conversación. Hacer que Lucia Lijtmaer escriba un inspirado y emocionante y precisamente veraz recuento de por qué dejó de tener interés alguno en la música independiente. Describe Lijtmaer un problema laboral, bien asentado en las raíces de lo que es aceptable y lo que no.

Y, claro, evidenciar que hace falta todavía un pop independiente con un relato femenino, contemporáneo y que amplíe los límites de lo posible. Estoy completa y absolutamente de acuerdo con eso. Pero, precisamente, que Nixon ponga voz a esa masculinidad última que viene sucediendo, la de la urbe posmoderna que navega hacia los bares repletos de chicas extranjeras con la vana esperanza de ligar, bailar y having so much fun, no debería ser criticado como machismo cuando es, simplemente, una acertada crónica de costumbres.

Porque doy por hecho que lo grave de la situación actual es el silencio, es la normalización, es el acallar relatos que también suceden: los dilemas de una chica joven ¿en qué canciones están? Los problemas sexuales y afectivos del amor en los tiempos del trabajo (En teoría) igualado ¿cuando suceden? No están contados. Resulta desesperanzador no poder escuchar lo que ellas quieren contar y ese es el desastre último, que solamente exista una abundancia de un tipo de narradores.

Pero la solución no es acallar el mejor indie, el que da voz a un relato de una masculinidad que declina, está en crisis y busca refugios variados, sino, más bien, ampliar los límites de lo posible y ponerlos, dialécticamente si hace falta, a dialogar.  Canción tras canción.

NY Girls

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La segunda temporada de Girls apuesta por la ironía (feroz) de allí donde la primera temporada terminaba. Estas mujeres pueden tenerlo todo, pero escogen huir. Hannah Horvath (Lena Dunham) es incapaz de romper con Adam (Adam Driver) y empieza a imitarle, de manera similar a lo que él hacía en la temporada anterior, con su nuevo amante (Donald Glover, una adición de color a la tan criticada supremacia blanca del casting de la serie).

Marnie (Allison Williams) es despedida del trabajo y encuentra consuelo en su exnovio Charlie (Christopher Abbot), otra vez, tras un frustrado encuentro sexual con el compañero gay de piso (y exnovio traumático) de Hannah, Elijah (Andrew Rannells). La antaño virginal Shosanna Shapiro (Zosia Mamet) se siente frustrada por el rechazo de Ray (Ray Ploshansky), pero vuelve a acostarse con él. Y Jessa (Jemima Kirke) regresa de su luna de miel con su marido, Thomas John (Chris O’Dowd) al que había rechazado en un memorable momento de coqueteo que terminó con su primer encuentro lésbico con Marnie.

Creo que tiene razón Hijo Tonto cuando comenta que la serie está inmersa en la ley de Poe y es algo que parece que va asociado a su íntima condición de serial enmarcado en el mismo terreno que Josefina Ludmer definió las literaturas post-autónomas.

Desde su debut como cineasta en Tiny Furniture (id, 2010), ha creado versiones más o menos aceptables de su propia biografía. Ahora que su alter ego biográfico está en una situación completamente disímil con su persona (biografiada), como ha escrito ya Richard Brody, es muy posible que sus ansiedades tomen rumbos más ambiguos.

Y es que Lena Dunham ya no es una talentosa graduada en busca de trabajo, tratando de reorganizar su vida, sino una exitosa directora y guionista que gana globos de oro y firma contratos millonarios para libros de consejos. En pocas palabras, Dunham es, irónicamente, todo lo que Hannah desea. ¿Qué distancia tomar ahora sobre su alter-ego?

Y es que la serie ¿está parodiando o está celebrando la actitud inmadura y absolutamente idiota? O más bien está haciendo las dos cosas al mismo tiempo por tal de no tener que decir algo claramente. Eso es lo que parece con Girls, y es que a cada momento de irrepetible humor melancólico, sigue una celebración, bastante desconcertante, de la propia ruta liberadora de Hannah y de su viaje seductor hacia nuevos territorios donde el solipsismo es el único asunto válido.

En ese sentido, Girls es estrictamente contemporánea. Mientras que su estética revisita todos los tópicos del sexo y las relaciones de pareja en clave desconcertante y novedosa, el viaje de sus heroínas es enteramente narcisista y marcado por la exacerbada celebración de un estilo de vida y una determinada y muy concreta desconexión de cualquier atisbo de conciencia social, política y cultural, favorecedora de la moda como algo determinante en el lenguaje y la manera de entender el mundo, en la que todo lo que cuenta es el yo (un yo nada universal, pero sorprendente) por encima de todo.

Por eso mismo, la serie es, al mismo tiempo, hallazgo, diversión y susceptible de quedar anticuada e irrelevante en cuanto las costumbres varíen un poco y se evidencien los trucos por encima de las observaciones interesantes que hace esta comedia.

 

Proyectil amoroso

The Mindy Project es lo mejor que ha sucedido en la televisión estadounidense, más o menos comercial, más o menos cómica, este año, y es posible que también sea lo mejor que va a suceder en mucho tiempo.

Nos acordamos siempre de Emma Bovary, a quien conocimos siendo mentecata y de quien terminamos siendo testigos (y tal vez cómplices) en su choque contra el orden burgués hecho a partir de los folletines de amor que ampliaban lo que se podía hacer y el como.  Mindy (Mindy Kaling) quiere representar la comedia romántica definitiva, la de la era de Tom Hanks, pues es así como funciona el amor.

Sucede que no es atractiva, ni siquiera es rubia o blanca, y tiene un moderado sobrepeso.  Lo comenta con habilidad Elaine Blair en el New York Review of Books: la comedia romántica suele estar controlada (y producida) por hombres con traje que se preocupan por los resultados de Nielsen.

Así pues ¿puede esta comedia resultar menos cursi? Menudo reto. ¿Puede su forma de narrar un choque continuado con su deseo esquivar nuestros deseos más íntimos que aquí son explícitamente los de la protagonista? Es decir, que sucedan las convenciones. Pero en el género, volviendo al artículo de Blair, no se toma nunca lo que sucede después: el matrimonio, la convivencia. La elección es importante, pero rara vez las consecuencias.

También es raro ver la vida de una mujer soltera, que no es hiper-atractiva ni resulta irresistible, en televisión. Mindy tiene un futurible, aunque de momento apenas delineado, pretendiente en Danny Castellano (Chris Messina) que es cualquier cosa menos el hombre ideal, de la-escuela-del-amor-fílmico-Hugh-Grant-y-Tom-Hanks.

Pero ¿será entonces un hombre insólitamente romántico? Es otra convención amorosa. ¿Se puede hacer una comedia edificante sobre el amor sin esas convenciones? ¿O somos nosotros quienes voluntariamente deseamos las mismas convenciones en nuestras vidas comunes?

Kaling escribe y crea la serie, además de encarnar a la protagonista con la que comparte nombre. Toma riesgos: su personaje tiene una afición encantadora pero es francamente desagradable porque no oculta su carácter trepa, su liderazgo absoluto y su codicia monetaria, todo ello como satélite a su obsesión de que tiene ya una edad y necesita una familia que sí tiene su mejor amiga, compañera de rutina y contrapunto irónico y mordaz, en la línea Apatow, de lo obtenido y de los problemas de un matrimonio descrito como ciertamente mortecino y solvente.

La escena más cruel (y francamente valiente) de la serie es cuando Mindy, tras una noche de sexo con su cretino novio y agente deportivo Josh Daniels (Tommy Dewey), se pone su camisa y enfatiza el hecho de que ponerse la camisa del amante a la mañana siguiente es algo francamente adorable. Él, un hombre de modales y sensibilidades toscas, lo convierte en broma al probarse ropa de ella y demostrar que le queda ancha también.

Queríamos todas las escenas de aquellas películas, pero es muy posible que estemos ante muy malos actores. En todo caso, empezamos a intuir que quizás Mindy no sea una mentecata y sea la persona más honesta de este sistema que habita.

Con segundas y terceras

Hace doce años, Debolsillo editó un libro llamado Por una tercera izquierda de Daniel Cohn y José Maria Mendiluce. Qué divertido es el presente cuando nos ofrece un pequeño panfleto pasado en el que todo parecía ser fácilmente desmontable. No me cuesta imaginar a reseñistas arqueando un ojo ante el escepticismo inicial que articulan sus autores sobre lo-que-se-supone-que-es-un-triunfo-y-tal. Ahora, con una crisis económica y un modelo de gobierno europeo en encrucijadas tremendas, el libro se lee con sonrisa parcial. Y qué divertido es ver al panfleto advertir a la izquierda que debe empezar a gobernar más allá del partido político, y, también, más allá de la propia legislatura.

En el lenguaje de la política, hubo un tiempo donde no bastaba ir de frente. Ir de frente, de buenas a primeras, era ser conservador o progresista, de derechas, capitalista, o más bien combatiente, comunista. Las cosas se complicaron con la caída del muro de Berlín para la izquierda, no para el discurso que fue todo monopolio y felicidad; al tiempo, como no podía ir uno de buenas a primeras proclamando ideología, porque el progreso era el capitalismo – inconcreto pero sinónimo de libertad, dúctil parecía, no en constante viraje hacia un capitalismo corporativo poco parecido al húmedo sueño de pymes de los mejores liberales y nada sano en la perspectiva de mercadeo alocada y trasnochada de sus defensores, economistas todos, escépticos de etiqueta, cínicos de moral, misántropos en última instancia.

Cohn está más acertado que Mendiluce, porque ahora lo podemos leer como oímos plazas abarrotadas. Aunque Mendiluce reclamaba para esa españa del dos mil, de un PSOE en caída libre all over again, una militancia transversal y, de un modo bastante más discreto, un diálogo entre centro-izquierda e izquierda, diálogo que, de momento, no se está produciendo.

La izquierda, en el dos mil, quería ser ecológica y se sabía razonable. Tal vez las ambiciones más ingenuas de este libro es querer vindicar la izquierda a todas las instancias del individuo: quiere cubrir todas sus facetas, lo que desdibuja bastante no el rol tradicional – desconozco el sentido profundo de la tradición como para opinar al respecto – sino pegajoso y más brillante de la izquierda, el que descubre.

Tiene este libro algo agradable, por otra parte: la izquierda está buscando lenguajes. Desde hace un tiempo, el discurso conservador añade concesiones pero rara vez cambia: basta con ojear las últimas novedades para encontrarse con la misma defensa de la individualidad, el retorno a un gobierno autoritario de cara a asuntos exteriores, un discurso que termina con acciones poco correspondidas a los asuntos clave como las pymes (Donde la derecha aplica fiscalidad progresiva a medias: las corporaciones siguen teniendo leyes y facilidades, incluso en su misma construcción) y un genuino amor por el PIB como medidor del éxito de un país, incluso de su misma razón, construcción y objeto últimos.

Pues claro que hay una alternativa, incluso hay otra política, sospecho, más allá de unas premisas iniciales. Es agradable ver a la izquierda tentar al lenguaje, pero la imaginación debe fertilizar, y es esa imaginación la que contiene un imaginario y un programa (o varios). Cohn y Mendiluce provocan, toca ahora incitar.

A la izquierda: Guillermo Zapata

Guillermo Zapata es todo un referente. Tiene una carrera sólida como guionista y cortometrajista, pero ha trabajo también en iniciativas como La Dinamo o en la imprescindible Crónicas del hype, columnita con la que ha intentado ordenar algo de la realidad actual. Además, es profesor de guión en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de Cuba.  He compartido con él firma en las páginas de CT o la Cultura de la Transición (Debolsillo, 2012) y lo he traído acá para dialogar sobre, precisamente, izquierda, organización, futuro y la disolución del concepto de CT tras las recientes elecciones. El término CT, acuñado por el periodista Guillem Martínez aparece definido, para los neófitos, en esta entrevista estupenda.

Dibujemos un mapa.: Europa. La moneda única, a casi tres décadas de
que Nixon enterrara el patrón oro. ¿Vivimos en un capitalismo
corporativo? ¿Le gusta el término?

Me faltan conocimientos complejos para hacer una definición clara.
Creo que el términos que mejor explica la situación es
financiarización y Bioeconomía. Y el término que usa David Harvey, que
me parece muy adecuado “Acumulación por desposesión”. Creo que esos
tres elementos, que se entrecruzan, describen bien el panorama.

Financiarización porque habla de un periodo histórico en el que la
dimensión financiera de lo económico es irreversible y pensar la
democracia pasa por estar a la altura de esa dimensión financiera y
por tanto de la cuestión de la deuda. También porque marca que no es
posible un retorno a las viejas relaciones económicas ni una salida
por ese camino.

Bioeconomía, que es el concepto de Andrea Fumagalli, porque explica la
explotación de la vida al completo, la explotación de las capacidades
linguisticas y de socialidad, las relaciones, la explotación de los
afectos, etc. Algo que se puede ver perfectamente en las redes
sociales, en las campañas de publicidad, etc. También porque habla de
la explotación de una esfera que siempre había estado al margen de “lo
económico” y que las feministas se han encargado de poner en el
centro, que es todo el trabajo reproductivo, que no se cuenta, pero
produce muchísima riqueza. Y porque habla también de la explotación
del medio, de la depredación de la propia tierra.

Y Acumulación por Desposesión porque creo que explica muy bien el
momento. La sensación (muy real) de un mecanismo de extracción, que te
quita la renta, te quita el empleo, te quita la casa, para acumularlo
en el campo financiero, en la economía privada a través de los
mecanismos de rescate, que son puro expolio.

Habla de capitalismo corporativo se me queda corto, pequeño para lo
que son las formas de acumulación del capital a día de hoy, que son
difusas, en red, etc. Y exceden con mucho el ámbito de las
corporaciones.

¿Hay alternativas socioeconómicas? ¿Por quien pasa(n)?

Cualquier alternativa pasa por los movimientos. Son los movimiento en
toda Europa los que definen la alternativa. Y sin ellos, simplemente,
no las hay. Es la materialidad de los conflictos y las luchas lo que
hace el programa político.

Y claro que las hay. Una bastante directa es el derecho al impago de
la deuda sin renunciar a la moneda común. Lo que plantea Siryza en
Grecia y los movimientos contra la deuda en todo el continente. En
segundo lugar romper con la falacia de que el capitalismo financiero
es incontable, que no se puede medir. Claro que se puede medir y por
tanto se puede tasar, obligarle a tributar y devolver parte del
expolio. Gobernarlo, vamos.

Hay alternativas si se reconoce también que estamos en una nueva fase
en la que los derechos, la vivienda, por ejemplo. Ya no pueden
depender del empleo y la nacionalidad. Hay un marco nuevo de
explotación que requiere de nuevos derechos que no pasan
exclusivamente por el empleo.

Y hay alternativas si reconocemos que los nuevos movimientos son
movimientos expresivos, no representativos y que, por tanto, se trata
de ampliar mucho los márgenes de participación de la gente en los
asuntos comunes. La discusión, la decisión, etc.

Y ahora la Cultura de la Transición – la CT. El Partido Popular
mantiene electores fijos en todas las elecciones (en Cataluña subieron
un escaño), la otra derecha, sigue ganando, CiU y PNV. ¿La CT
demuestra que solo la Derecha es inalterable a las vías No-CT?

Es difícil responder con una lectura común a los tres fenómenos. CiU
es un mundo. El PNV otro y el PP, otro distinto. Lo que se ha jugado
por parte del PP en Cataluña es una movilización del eje nacional.
Pero un partido como Ciutatans o como UpyD son opciones de derecha-no
CT. O al menos opciones que se salen de la CT para hacer un programa
muy CT.

Creo que pasan dos cosas. Por un lado la CT es un invento más de
izquierdas que de derechas (Al que la derecha aporta, principalmente,
la idea de victimismo. La idea de la víctima como categoría política)
y su crisis es más bien una crisis a la izquierda. Al PSOE principal,
aunque no exclusivamente. Entonces es normal que esa descomposición
afecte más al PSOE.

El PP, por ejemplo, bajó muchísimo en las elecciones gallegas, lo que
pasa es que el PSOE se descompone más rápido. Pero el PP tiene signos
evidentes de descomposición que se identifican en dos cosas.

1.- La dificultad para proponer una lectura de la realidad que
convenza, que produzca gobernabilidad.
2.- El recurso exclusivo a la fuerza y el orden público para ordenar
los conflictos.

Estos son signos de una propuesta política muy agotada.

Back-to-the-CT. Lo que está desapareciendo ahora mismo, en esta España
a fecha de invierno de 2012, es la idea tradicional de la izquierda,
de acuerdo con esto?

Bastante de acuerdo. Lo cúal no quiere decir que ideas absolutamente
de izquierdas en torno a los derechos, la justicia, etc. No sean
esenciales. Pero la idea de izquierda, como método y como identidad yo
la veo relativamente tocada. Probablemente hablamos de una idea de
izquierda que sea discutible. Ya una idea de izquierda muy light. Muy
de pequeños margenes, de porcentajes. Cuando la gente se tira a la
calle y dice “Queremos Democracia”, está recuperando cuestiones que
son casi del origen de la izquierda. Pero el nombrarse uno como
izquierda, esa bandera, creo que funciona cada vez menos. Hay que
ponerla en discusión, creo.

Lo que pasa es que cuando uno dice ésto transmite como una ide light,
ligera, posmoderna, sin aristas. Creo que renunciar a la identidad no
implica renunciar ni al conflicto social, ni a la organización, ni a
la cuestión del poder, etc. Las movilizaciones que está habiendo en
Madrid en la sanidad no se construyen desde una idea “de izquierda”,
ese eje funciona mal. Funciona el eje abajo arriba, las mayorías
sociales y las minorías privilegiadas, los cualquiera contra los
alguientes. Y funciona con una lógica muy poco tradicional en la
organización, creo. Más a partir de la comunicación, la copia el
contagio, que de la decisión estratégica.

Este modelo, claro, tiene el problema de la dificultad para la
estrategia. Que la izquierda realmente existente maneja
maravillosamente bien. Pero no me parece una cuestión irresoluble,
sino algo que hay que trabajar.

¿Debe el centro-izquierda renovarse y dialogar con la izquierda? ¿Debe
existir un centro-izquierda sólido que eche puentes con la izquierda?

Es que esa noción del “Centro” ya no sirve. Ya no se sabe lo que es
porque la ruptura por abajo es tan fuerte, que lo revolucionario es lo
sensato. Es un ejercicio de sensatez. No pagar la deuda es una
cuestión de sentido común. No seguir con los recortes, que la gente no
sea expulsada de sus casas es a la vez, sensatez que entiende todo el
mundo y revolucionario, porque el sistema tiene muy poco margen de
negociación ahora mismo. Muy poco. Entonces, eso que se llama el
“centro” que es como algo que es menos que otra cosa, no vale. Porque
la aritmética ya no vale. Ha habido un cambio geométrico. Como un
terremoto. No podemos pensar con la cabeza con la que pensábamos antes
del 15M. Eso se acabo.

El desafío es cómo lo nuevo se hace institución. Qué institución
produce esto nuevo. Como aborda la cuestión del poder. Como lo hace,
además, sin convertirse en “el poder” sin cerrar la situación,
permitiendo que siga proliferando. Sin matarla.

Lo que haga al respecto quién se sienta centro, o centro izquierda es
un problema menor ahora mismo.

Tomemos las cifras: la brutalidad de los deshaucios, la cantidad de
rentas bajas y el progresivo empobrecimiento. ¿Necesitamos medidas
concretas para ayudar a las personas concretas? ¿Como las ponemos en
marcha?

Las medidas concretas son, ahora mismo, de sentido común. Son las que
te diría cualquiera, creo. No a lo recortes. Fin de los deshaucios.
Dación en pago y alquiler social. No al pago de la deuda (Es decir,
articular el derecho a la bancarrota) Juicio a los responsables de la
crisis. Creo que estas medidas son, ahora mismo, de sentido común.

Eso es una primera batería de medidas. Digamos la defensiva. Y después
se trata de pensar las medidas que garantizan que cuestiones así no
vuelvan a pasar y que las dimensiones subjetivas del movimiento (El
deseo de democracia) se materialice. ¿Esas cuales son? No lo sé. Se me
ocurren algunas, pero son las mías. De lo que se trata es de avanzar
en la conversación, que el movimiento hable de esto, lo vaya
concretando.

Conoces bien la ciudad de Madrid. ¿Qué organizaciones y eventos
recomendarías para estar en lucha y sin reposo?

La situación es de una enorme complejidad. Con capas de movilización
que se suceden unas a las otras, que eclosionan y luego desaparecen.
Las asambleas de Barrio que funcionan son un espacio que ha conseguido
territorializarse con potencia. Los Centros Sociales (ocupados y no
ocupados) son otros lugares interesantes. La Plataforma de
Afectados/as por las Hipotecas y la Asamblea de Vivienda de Madrid.
Las mareas. Sobre todo lo que está pasando con la educación y la
sanidad.

Otra esfera muy potente es la que tiene que ver con la cultura libre,
el copyleft y la comunicación en red. Y todo lo que está pasando en el
ámbito del cooperativismo, la economía social, etc.

Por último: una lectura que recomiende (o varias).

Como las preguntas son de política voy a recomendar Caliban y la
Bruja, de Silvia Federicci, que es una aproximación a como es
imposible entender la acumulación originaria del capital sin tener en
cuenta el cambio de rol que se opera sobre las mujeres y como esa
construcción de lo privado y los cuidados, etc. Se ha construído sobre
una violencia brutal contra ellas a cuentas de las “cazas de brujas” y
en segundo lugar “Manual para revolucionarios pragmaticos” de Alynsky.
Porque habla tanto del uso del sentido del humor como de la dimensión
territorial de los conflictos y construye bien la idea del trabajo
comunitario.

Los dos los ha editado Traficantes de Sueños.

California Love

Don Winslow, Salvajes.

Trad. de Alejandra Devoto, Booket, 2011.

Desconozco si Don Winslow escribió esta novela para que Oliver Stone y Shane Salerno la leyeran alborozados en carcajada y vieran clara su adaptación cinematográfica. A veces, debo confesar mi absoluto y total desconocimiento cuando leo ciertas cosas, y me ha pasado, me ha sucedido con frecuencia, de hecho, que leyendo esta novela de Winslow no entendía para quien iban esos chistes.

¿Hay una generación de norteamericanos convencida de que la pasión por la retórica matona de la novela negra barata es graciosa siempre y cuando se revista de cierto macarrismo hip? Voy a poner un ejemplo de esto, que a Winslow parece fascinarle hacer chistes que no solamente no tienen demasiada gracia sino que resultan desconcertantes:

La família Lauter estaba compuesta por cuatro hermanas y tres hermanas.

Toma nota Chejov.

A veces tiene el mérito de trasladar los efectos embriagadores de la marihuana a su prosa y resulta vagamente divertido

Chon piensa en la diferencia entre publicidad y pornografía.

La publicidad da nombres bonitos a cosas feas.

La pornografía da nombres feos a cosas bonitas.

A ratos Winslow coquetea con un tierno cinismo adolescente:

Mueren tíos en Irak y Afganistán y los titulares de los periódicos hablan de Anna Nicole Smith.

¿De quién?

Pues sí.

El mejor momento sucede cuando Winslow repite el mismo chiste en la misma página.

Ben se ha quedado pasmado.

¿Que el jefe del cartel de Baja es una mujer?

¡Como se cabrearía Hillary!

Y luego

A O. tampoco le hace mucha ilusión, precisamente, enterarse de que la que quería cortarle la puta cabeza era la Power Ranger rosa. Ha oído la voz de una mujer en el teléfono dándole órdenes al tío de la sierra mecánica.

Después hablan de la solidaridad entre mujeres.

A Oprah no le va a gustar nada.

¡Como se enteren las mujeres verbalmente agresivas del programa The View…!

Hilarante, supongo.

A ratos la novela puede ser leída como el poema extasiado de alguien cuya idea del éxtasis pasa por las drogas blandas de buena calidad y una dosis hiper-vitaminada de pornografía. Otras veces, en cambio, la novela no disimula en parecer un guión de cine. O en enumerar marcas, supongo que para resultar críticos o pegajosos con la realidad que se retrata. Nada de esto tiene efectos porque los personajes están descritos mediante clichés.

La historia de O., una mujer cuya mayor inteligencia estriba en ser una excepcional amante (¡celebro que uno de sus amantes le estimule bien el clítoris antes de una de sus eyaculaciones! ¡es lo más humano que sabré de ella!) y disfrutar mucho de dos rabos porque todo cuanto hace que no sea follar es comprar mucho, llevar un cliché como trauma como su relación disfuncional con su madre y parecer una idiota secuestrable a la mínima. El primero de estos rabos es Chon cuya dimensión interior pasa por estar mu loco y haber vuelto de Afganistán con ganas de pegar tiros. El segundo de estos rabos es Ben, cuya facilidad para ser no violento viene del hecho de que es educado, de buena família de izquierdas y muy buen rollero – esto nos lo dice el narrador mediante diálogos o mediante notas sarcásticas, rara vez se siente capacitado para demostrarlo.

De hecho, el principal problema de Winslow, lo que tanto le aleja de escritores verdaderamente magistrales del género, como Elmore Leonard o Charles Whiteford, es que todo el tiempo tiene que recordarnos quienes son los personajes mediante clichés insertados en forma de descripción o diálogo mientras que los maestros se bastan de los diálogos y de sus acciones para insinuarnos quienes son o quienes pueden llegar a ser. Esa dimensión es seriamente maestra, y Leonard, por ejemplo, da clases de presentación dramática cuya lección merece siempre la cuidadosa relectura.

¿Qué tiene de interesante pues Salvajes? A estas alturas de la reseña, me siento tentado de hablar ya de Lee Child, pero lo diré: su incondicional reivindicación de las tesis de Friedrich Hayek en Camino de la servidumbre. Como una versión drogada – y convenientemente cínica, pero el cinismo es doble, ya que donde se presenta una visión desencantada, la retórica empleada está tan abultadamente rellena de tópicos que parece que el cinismo sea, más bien, una opción estética que acaba por frivolizar todo lo que se cuenta y lo sitúa en una línea muy fina cerca de la estupidez.

El principal problema dramático de la obra no es el secuestro de la californiana acomodadora de los dos machos protagonistas sino su problema con el Cartel de Baja, dirigido por una mujer. Dicho Cartel les quiere contratar, convertir en asalariados, para aumentar no solamente la tasa de beneficio (del Cartel) sino la productividad y dominar los precios. Es decir, lo que se disputa es el monopolio y frente a eso, los dos pequeños empresarios, cuyo negocio es perfecto y no necesita la ampliación de capital porque ya da un beneficio razonable, verán en la competencia desleal (En este caso, violenta) un rapto a su libertad.

Por supuesto, el problema es que alguien tiene una fuerza estatal (el cuerpo paramilitar Los Zetas) de su lado para presionar a los dos chicos de que cedan en su instinto de negocios. Y al final, la cosa terminará en un gran estallido violento. Pero es solamente ese elemento, que insinúa claramente que el problema en este asunto es muy posible que sean los monopolios de la violencia y su gestión, lo más divertido de esta obra de Don Winslow.

El resto de efectismos y pirotecnias protagonizados por estos entrañables libertarios californianos se olvidan conforme pasan las páginas, con admirable ligereza.

El cine está muerto y otras supersticiones

Hay un montón de marrones que mi generación se ha comido con patatas. En serio. Y no tengo tiempo de hablar ahora, por ser temas que merecen mayor extensión que la de un solo post, de los que empezamos a tragarnos con la industria musical o la industria libresca, más recientemente, pero sí me apetece explicar las tres idioteces que llevan ya más de un lustro sonando muy fuerte en todos los titulares de los periódicos y que, evidentemente, están lejos de cumplirse respecto a la industria del cine.

Hace más de un lustro, un grupo de millonarios, que se habían hecho ricos con el cine, como George Lucas y otros tantos, decidieron que el cine había muerto. ¿Qué prueba tenían? Una mala tarde, supongo, pero viendo la explosión de un fenómeno inexplicable – los P2P y la piratería – no estaba de más decretar un apocalipsis – que, por supuesto, era industrial. El alza de las tecnologías de Home Cinema y HD ayudó al mito, qué duda cabe ¡para qué ir al cine! decían. Como si fuera aquella tonadilla ochentera, pero en serio, en los titulares y sin un ingenio tan sabio.

En realidad, el problema de este mito es que anda convenciéndose la gente de que el cine está muerto o de que está cambiando, y alegan el final de las salas de cine. ¿Conocen el auge de opciones como Phenomena Experience, que siempre suele tener llenazo, en la que es la reposición en salas de cine el estrellato? Es un caso en un contexto general, pero lo que, creo, que demuestra no es que el cine esté muerto sino que las novedades es muy posible que no tengan el interés de antaño.

Pero el cine no está perdiendo espectadores. Los récords batidos por Avatar (200) o Los Vengadores (2012) tienen unos beneficios realmente bestiales, incluso contando la inflación, lo de recaudar dos billones de dólares no es cosa diaria. ¿En qué se basan estos agoreros?

La siguiente falacia es muy española, o al menos europea. Es la que dice que las series de televisión han matado al cine. ¿Argumentos? Se dan algunos artísticos, se habla de la libertad, se habla de las posibilidades narrativas. ¡Como si no llevara la televisión medio siglo! Pero, por supuesto, se refieren a un gran grueso de producción norteamericana y británica, ignorando, no ya la cantidad notable de televisión no anglosajona que no vemos, sino, asimismo, la gran cantidad de series (estupendas) que patrocinaron Rod Serling, Alfred Hitchcock o Steven Bochco, por citar a unos cuantos.

En realidad, esto es un disparate. El chollo de las series, por así decirlo, se terminará pronto, puesto que los tratos (millonarios) para producir las series con menos audiencia (como Mad Men) se basan en ventas de derechos internacionales y en recaudación por DVD’s. Con un mercado en caída libre, es muy probable que la siguiente crisis televisiva tenga que atajar el problema de la piratería o que se hagan importantes reajustes de producción a las series cuyos beneficios en antena o licencias empiecen a decaer.

Se olvida con frecuencia que aunque el cine es muy accesible, pues bastan dos horas para verlo, es muy caro y la rentabilidad de las series de televisión de alto presupuesto está en un jaque mayor. El impacto cultural de Mad Men no es lo que genera beneficios a la cadena de televisión AMC.

Pero volvamos al cine. El cine que está muriendo, porque es evidente que algo está cambiando, es el que, justamente, en esta privilegiada situación puede encontrarse en fantásticas iniciativas como Filmin. Son las películas de presupuesto bajo o mediano, son las películas de autor que podían lograr rentabilidad (por ello podríamos usar la palabra éxito) con relativa facilidad las que están desapareciendo.

Pero el cine no está muriendo. Puede que estén muriendo las maneras tradicionales de generar un éxito y el auge del 3D o de la altísima definición sean algunas de las maneras que tiene el blockbuster de convencer a la gente de su (relativa) importancia en el mercado. Pero deberíamos empezar a plantear un debate serio sobre piratería y cine sobre el cine que de verdad se extingue ahora y el que tiene más que garantizada su supervivencia.

Entonces puede que descubramos que la cinefilia goza de una salud extremadamente alta y que Internet es una herramienta útil y poderosa como hemeroteca del pasado, tal vez la más privilegiada, pero también ciertamente dañina para un tipo de película que necesita ser lucrativa para seguir existiendo.

Como hemeroteca, Internet ha demostrado, ciertamente, que es más útil el amor que el mercado. Con esta pequeña broma, quiero decir que es natural y razonable que muchos no quieran invertir en la distribución, restauración y venta de directores desconocidos de procedencia exótica, ya sean cineastas italianos en la segunda línea del cine de autor, o un listón (interminable) de asiáticos. A través de una cultura colaborativa (y de subtítulos) la cinefilia ha encontrado un saludable punto de partida.

Precisamente, esta cultura ha generado iniciativas como Filmin, donde la distribución de películas muy extrañas se hace pagando un precio apenas simbólico (entre uno y tres euros), teniendo la película ya subtitulada y con un servicio incomparable y todavía, por desgracia, único en muchos aspectos en este país.

Es evidente que deben debatirse las condiciones para que el cine que muchos valientes de la red se han molestado en subir, en ripear de viejos VHS o de ediciones extranjeras, permanezca y sirva como llamado de atención de una cultura nueva y con nuevos usos. Pero tampoco convendría caer en la fácil confusión de eso como una coartada para dejar morir las películas medianas y pequeñas, aquellas que han proporcionado un espacio (todavía por explorar) distinto en la manera de pensar el cine.

La batalla entre publicistas y espectadores, en la que antaño intermediaron muchos críticos y medios, tiene un reto por delante y no será simple. Hará falta valentía. Y muy pocos apocalípticos, que son los que ahora han empezado a florecer, en dudoso servicio al cine y a sus posibilidades.

Hombres Enamorados

-Y hacer qué, en mi tiempo de ocio?

-Poner un pie en la materia real.

-¿Sabes que hay también un libro sobre eso? Se llama Los embajadores.

Pienso: Y también hay un libro ti; se titula Fiesta, y ella se llama Brett y es casi igual de superficial que tú. Así es también la gente que la rodea, como parece haber sido la que te rodea a ti.

-No dudo que haya un libro sobre eso – dice Helene, mordiendo alegremente el anzuelo, con su sonrisa confiada -. Seguro que hay miles de libros sobre el asunto. Me quedaba mirándolos, ahí puestos por orden alfabético, en la biblioteca. Mira, para que no haya ningún malentendido, voy a exagerar solo un poquito.: odio las bibliotecas, odio los libros y odio los colegios. Si no recuerdo mal, tienden a convertir todo lo que hay en la vida en algo ligeramente distinto de lo que es. “Ligeramente”, por no decir algo peor. Son los profesores que se ocupan de la enseñanza, esos inocentes ratones de bibliotecas quienes acaban convirtiéndolo todo en algo peor. Algo espantoso, si lo piensas bien.

Philip Roth, El Profesor del Deseo (traducción de Ramón Buenaventura)