Hay una historia gitana del pop español contemporáneo por escribir. Puede que debamos empezarla por aquel Romance de Juan Osuna de Manolo Carocol. Es una idea, un punto de partida para recorrer la segunda mitad del siglo veinte, tan ajetreado e imaginativo en la deriva del flamenco y la rumba como lo fue en la otra Historia.
Es algo que sucederá antes o después, pero que sería mejor más temprano que tarde. Hay muchas razones por las cuales escribir tal obra nos pueden colocar, otra vez, a la vanguardia de nuestro pasado.
¿Las más obvias?
De todas las manifestaciones que la música pop trajo la democracia, la rumba, o flamenkillo para los más salaos, es la única que recorre una clase social concreta, varias razas (payos y gitanos) y una sensibilidad genuinamente intergeneracional. Es un pop que invita al desclasamiento, pero que trata temas chungos y los pone en primer plano (la heroína, el maltrato, la prostitución) y que fue ampliamente tratado en el CCCB y su exposición quinqui.
Además, empezando por paisajes suburbiales post-industriales derruidos, que solamente ahora empiezan a tener la relevancia literaria que merecen, hasta llegar a contaminar lamoda o todo el país (con esa épica de gasolinera que todos y todas recuerdan).
En los prodigiosos setenta confluyen desde el flamenco un montón de grupos más grandes que la vida. Os hablo de Los Chichos, Los Amaya, Las Grecas – la manifestación más radical del fenómeno al llevar tonos de rock sesentero al asunto, Triana, Pimpinela y, claro está, los más tradicionales y no menos inspirados Lole y Manuel.Puede que todo empezara para los oyentes cuando el Te estoy amando locamente de las citadas Grecas fusionaba una guitarra post-Hendrix con un tema esencialmente flamenco. Ahí se abre un universo de posibilidades que no dejan de expandirse.
Eran muy distintos a Peret y otra rumba catalana más jovial y alegre, y todas ellas están marcadas por una indudable joie de vivre que en el angst de esas canciones no cabe. Son pasiones desmedidas, son vidas imposibles, son destinos inalcanzables la mayor parte de las veces.
Porque Peret – que florece en la negrura del franquismo burocratizado y aperturista – apela a la picaresca mientras que las mejores letras de Los Chichos apelan a algo más profundo, más difícil de alcanzar: el dolor de un mundo presidido por discursos oficiales optimistas, pero marcado por devenires más importantes y más oscuros que los del llamado espíritu de la Transición.
Aunque haya una vasta filmografía quinqui al respecto, con valiosas aportaciones de José Antonio de la Loma y Eloy de la Iglesia, la película que mejor sublima y captura el espíritu de esa era es la magnífica Deprisa Deprisa de Carlos Saura. Con un tema central tremendo, el Me quedo contigo de Los Chunguitos, encontramos la rumba más triste, agónica y jodida de todos los tiempos: aquella que asume que la lealtad amorosa es un sacrificio. El sentimiento de clase – tan importante en estos grupos – pasa a ser melodía y composición, esencia misma de la canción.
A lo largo de los ochenta, con la madurez de Los Chichos y la llegada de Los Chunguitos llegan también Rumba 3 o Antonio Flores mientras que el flamenco asistía a la canonización en vivo del gigantesco Camarón.
No resulta casual que la canción más alegre que cantan Los Chichos fuera Yo, EL Vaquilla, para el film del mismo nombre, en la que celebran las andanzas del Vaquilla como un Robin Hood, príncipe de los ladrones que comparte sus fortunas.
No es el único himno que se compone en la época dedicado a la oleada tremenda de delincuencia juvenil que surgió en los barrios más modestos del país. Diecisete años de Tonino fue uno de los hits más intensos que se recuerdan, con una historia de hermanos de ribetes enormes. “Ahora ya vive encerrado / sufriendo su pena / sufriendo su pena” nos cuenta el narrador.
En los noventa encontramos, tal vez, el legado más original de esta rumba.
Tenemos a Camela, indudables continuadores de este estilo, llevándolo a un paroxismo adolescente y floreciendo como los legítimos portavoces de una nueva generación de chavales, crecidos en esos barrios llenos de heroína, divorcio e ingresos bajos. ¿Qué lenguaje común encontró el trío con su peculiar techno-rumba? El del sentimentalismo despechado, las decisiones inexplicables y así construyeron una mezcla irresistible entre eurodance, pop new wave y temas ya propios de la rumba, obviando también el hedonismo y siguiendo en su vertiente más trágica.
¿Y qué otro grupo viene directamente influido por el legado de estos supergrupos de la rumba? Los únicos que han trascendido, curiosamente, la estética inicial y su condición de posible anacronismo o de cosa específica. Estoy hablando, claro, está de Estopa y de su primer disco, titulado igual que este dúo.
En ese primer disco, rescatan absolutamente todos y cada uno de los rasgos formales de las canciones de Los Chichos y Los Chunguitos, y los convierten en materia directamente mitológica. No hay nada de casual en que titulen esos temas El del medio de los Chichos o Como Camarón, pero además, no olvidan el desgarro social y en canciones como Suma y sigue - estremecedor y seductor relato de un ludópata – o Tan solo – crónica de un vagabundo convertida en balada rock- se atreven a postularse como herederos sin necesidad de recurrir solamente a la pleitesía honesta y rendida.
La rumba, tantas veces denostada, otras menos reivindicada – ahora mismo Ojos de Brujo y un montón de grupos parten de diversas tradiciones – tiene en esas manifestaciones de la transi y la juvenil democracia unos ejemplos claros de pop bailable, pegadizo, testimonial y claramente transgresor, encontrando un legado y una herencia que poner en su contexto y que explicar, al fin, a unas generaciones que llegan al pop, por desgracia, siempre imbuidas por esa otra clase media – la de la música y la del buen gusto reinante – que ha renunciado a una música que no prometía finales felices y lo único que hacía, como tantas otras veces el blues, era dar voz a la desgracia, a la soledad, al quebranto, a la deuda, a la sordidez, a la noche que sigue a muchos días vanos de tantas vidas destruidas.
Bola extra: Toretes y Vaquillas, superlista de Spotify hecha por Ivan Mazón a.k.a El Gótico para amenizar este post.






