El pequeño arte del anticlímax

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Tuve la oportunidad de dar un par de clases a los chicos de la Academia La Central y la cosa mejoró sensiblemente, pues de ser una explicación, más o menos razonada, de los hallazgos, mayoritariamente estructurales, de las obras de Joss Whedon y Aaron Sorkin, terminamos debatiendo sobre nuestras series favoritas con la inteligencia de sus pocos pero magníficos alumnos o participantes.

Por supuesto, eso significa dedicar una gran parte del tiempo a Mad Men (2008-), la serie que Matthew Weiner ha venido escribiendo desde 2008 con gran fortuna y cuya quinta temporada se vive como un acontecimiento refrescante e imprescindible. La serie ha llegado ya a un grado sofisticado que la convierte en fácilmente inabarcable, con lo cual me limitaré, en este post, a explicar un hallazgo que esta temporada ha llevado a una radicalidad extrema: el anticlímax.

Cualquiera que haya leído esos libros de guión, incluso el más célebre de todos, recordará la lección de la tensión dramática o incluso esa regla de oro de los tres actos que al parecer cumplen todas las películas. En una entrevista reciente, el gurú Robert McKee mostraba admiración por la maravillosa Nader y Simir: Una separación (2011) por su exceso de clímax emocionales, por, en pocas palabras, su voluntad de alimentar dilemas fundamentados en la pura tensión de narrar. De hecho, en su libro no deja de repetir la importancia del conflicto dramático….de los tres actos, de la tensión.

Después de discutir la habilidad para construir situaciones dramáticas de Aaron Sorkin usando fórmulas insólitas (como el género judicial), lo primero en lo que pensamos todos fue en como Weiner, episodio a episodio, desafía esa constante. De hecho, en la serie de los publicistas de Madison Avenue rara vez sucede algo más que anécdotas y los momentos más emocionales, que no emocionantes, transcurren la mayor parte del tiempo en estricta soledad.

¡Pero es que cualquier otro guionista subrayaría la de cosas que siguen aconteciendo en esta serie! Don Draper ha cambiado.: de su habitual y recalcitrante machismo y su más que conocida poligamia, convenientemente mezclada con su pasado trágico, ha pasado a mantener una relación estable y permisiva. Incluso ha hablado de Anna Draper con su hija. ¡Y el punto de vista de guionista Weiner siempre es, acrecentado por su brillante plantel de realizadores, distante e incómodo!

Porque ¿cuántas series y películas hemos visto con esos personajes que nos ganan con sus chistes o con sus bondades o incluso con sus fanfarronadas cool? El caso de Weiner es excepcional.: ha llevado el anticlímax, que tanto asociamos a las películas de arte y ensayo, a un terreno bastante radical. Allí donde muchas miradas sosegadas compensan su estrategia con sobradas dosis de humanismo, Weiner juega en un terreno donde solamente le queda espesor. Ninguno de estos personajes es agradable y con ninguno vamos a poder compartir demasiado, excepto una cosa.: su dolor, al que accedemos siempre sin excesos sentimentales y sin contrapesos.

De hecho, la serie parece ser cada vez mejor cuando adopta el punto de vista de Pete Campbell, el trepa avaro y joven de la oficina, que en esta temporada desarrolla un memorable complejo de Casanova fallido, un triste y deprimente seductor, conquistado por sus fantasías de poder. Y también como desdibuja con habilidad a personajes que intuimos fascinantes o levemente hermosos: esta Betty Draper, abotargada y amargada, incapaz de inocular sus fracasos a su hija o Peggy Olson, alejada del fervor beatnik y ocupada en consolidar su puesto en la empresa.

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Entonces ¿por qué funciona la estrategia de esta serie? Porque se parece demasiado a la vida y porque su experimentación está más presente cuando menos obvia nos parece. De un episodio narrado a través de puntos de vista, hemos pasado a un par de capítulos en el que la vulgaridad de los diálogos no viene acompañada de grandes momentos de dirección (ej.: el viajazo de Roger), ni por ningún detalle todavía más siniestro.: el objetivo de sus creadores es que esta serie se venga pareciendo más a la vida, a su sucesión de historias sin importancia y a sus pequeñas y miserables corrupciones, llena de momentos íntimos, extraños y fulgurantes en los que vamos pasando y vamos tratando de respetar aquella lección de Stephen Dedalus que nos decía que la Historia es una pesadilla de la que tenemos que despertar.

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